Enero de 1899.
Una estancia en la Provincia de Buenos Aires.
Federico y Juliette.
Me miraba las manos. Las manos que Federico acariciaba. Las manos que habían segado vidas, las manos que habían salvado vidas. Las manos que habían acariciado la felicidad de rostros que devolvían mi humanidad de a ratos. Las manos que habían abierto la caja de Pandora. Las manos que no pudieron cerrar mi maldita boca en un mundo de bocas cerradas y secretos a voces en esta Belle Époque en la que había caído sin pedirlo...
- Tengo un obsequio para ti, Juliette…
- ¿En serio? – dije tratando de recomponerme y simular sorpresa y alegría.
- Quisiera que lo uses, cuando tú lo dispongas…
- ¿Qué es?
- Abre la cajita roja, mi dulce Juliette.
- No, no… no… Federico. ¿Por qué?
- Porque eres la dama más bella que he conocido. Su alma es bella y merece un objeto así.
- No lo merezco.
- Por favor, tus palabras me hieren los oídos.
- ¡No! No…quiero lastimar a quien me ha dado su ser sin esperar nada a cambio.
- Defines el amor, ¿verdad? - señaló Federico.
- Sí. Por eso… no… no… sé qué… qué decir.
- No tartamudees y abre… - abrí la cajita y era el camafeo de platino más hermoso jamás imaginado.
- Pe… pero… pero yo… yo.
- Póntelo. Ya elegirás a quien colocar en ese camafeo. Aspiro a ser ese elegido.
- Lo sos. Lo sos. Los sos… besame Federico, aunque sea ese fenómeno de pecas horrendas.
- Pero de ojos azules tan intensos como las aguas del Pacífico… - acotó sonriente.

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