- ¿Cómo andás? – pregunta Adriana -
- Bien, todo bien… - respondo con
una sonrisa de oreja a oreja –
- Ah qué bueno. Me alegro.
- ¿Y vos? – pregunto con la sonrisa
de oreja a oreja -
- Todo ok. Pero ahora te dejo. ¡Ando
a full! – contesta Adriana, reiterando el verbo “andar”, como si fuera uno de
los principales de su vocabulario coloquial -
- Obvio… quién no… - respondo con la
misma sonrisa de oreja a oreja –
- Chau Noe…
- Bye, Adri…
¿Qué hubiera sucedido si en lugar de
manifestar “todo bien”, le hubiera espetado… “Ando para el reverendísimo ojete,
me duele el cuerpo, el alma, las uñas y la punta del dedo gordo del pie porque
me llevo a las patadas con mi pareja, mi hijo es un adolescente que desconozco
qué mierda se le cruza por la cabeza y mis proyectos se han cumplido en un
tacaño 23,56 %?
Probablemente hubiera respondido con
su amable y muy gentil sonrisa ¡“ando a full”, después me contás! Ok. Extraña
costumbre es ésta de responder con ese “todo bien”. Todo bien. Todo es
demasiado abarcativo. Como un exceso verbal, que apenas disimula que no todo
anda bien. Si todo anduviera tan bien, ni psicólogos ni abogados tendrían
trabajo.
Pero la sonrisa es obligatoria.
Especialmente en estos encuentros o “colisiones” casuales. Recuerdo muy bien una
ocasión, en la cual vencí mi tradicional fobia social y asistí a un “evento” en
Parque Norte, a causa de la finalización de un curso de marketing, con su “vino
de honor”, aunque evocara una bacanal de Síbaris. Todos paraditos y yendo de
allá para acá, recorriendo mesitas con manjares y llenándose los platitos de
los mismos, desbordándolos hasta la vergüenza ajena y no tanto. Recuerdo que me
hallaba sola, eligiendo unos saladitos de salmón, que posiblemente no
degustaría por años, debido a sus altos costos (el curso, al fin y al cabo, me
había despejado la duda… con mis ingresos de mierda no sería el target para las
empresas comercializadoras de salmón ahumado). Recuerdo que un compañero de
curso, de cuyo nombre no me acuerdo, empleando el viejo castizo de Mío Cid, se
acercó con sigilo y me formuló la bendita pregunta…
- ¡Hola!... ¿Cómo andás?...
- Para el orto, pero estos saladitos
de salmón ahumado y este Chardonnay están de puta madre… ¿Y vos?
- Bien – respondiendo con la
sonrisita de oreja a oreja, que se deshacía como un helado de pistacho bajo el
sol de Enero – Te dejo porque me llama un supervisor…
- Ve con Dios, compañero cursante de
cuyo nombre no me acuerdo…
- ¿Perdón?
- Que te las tomes… el salmón
ahumado no cura, pero entretiene mi paladar, que en este instante tiene a cargo
la representación de mi alma, la cual halla vaciedad en el mundo real que la
rodea. No obstante lo cual, el sabor ¡Qué digo!, el “potencial” sabor del
salmón ahumado, pues aún no lo he ingerido, podría desviar mis angustias por un
rato, aunque sólo por un rato…
- Ah… bueno… ¡Hasta luego!
- Hasta luego… quién sabe… (no se a
qué carajo se refiere con el luego, ¿Luego de qué? ¿De comer y beber como
romanos desbocados o luego de hablar con el imaginario supervisor?... bah… ya
ni me importa)
Apenas un minuto después…
- ¿Hola? ¿Cómo andás? – pregunta
otro compañero cursante de cuyo nombre tampoco me acuerdo –
- Joya… hasta ahora en dos piernas…
¿Y vos? ¿Cómo te llamabas? - respondo con la sonrisita de oreja a oreja,
teniendo en cuenta el método de “ensayo y error” -
- Ah… eh… Guillermo… - contesta
solícito “Guillermo” –
- Como el conquistador de Bretaña –
digo masticando finalmente el manjar proveniente del mar y con un toque ahumado
–
- Sí, claro…
- Exacto… estos normandos… eran unos
pillos ¿eh?
- Sí, por supuesto. Eh… veo que
estás ocupada con tu saladito…
- El cielo puede esperar, el salmón
que no comeré por tiempo indeterminado, quizás jamás nuevamente, quién sabe…
no.
- Eh… te dejo por ahora, porque
siento vibrar el celu y espero una llamada…
- Vaya nomás con sus vibraciones, no
hay problema Guillermo de Normandía…
- Bueno, hasta luego – dice
Guillermo con cara de nada –
- Si Dios o la Nada quieren… y el
dios “Luego”, dios pagano me comentaron porque no creía ni en su abuela, también…
Se aleja Guille. No sin antes, darse
vuelta para observarme con más atención. Su carita sonriente es tan
transparente como él. Pero prefiero no imaginar lo que piensa… jeh. (- ¿De qué
te reís? -)




.jpg)

