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domingo, 7 de abril de 2024

Alguien que no soy

Extraño lo que se puede y
lo que no se puede;
extraño el aroma de cafés
bebidos entre gallos y
medianoches;
extraño no extrañar,
extrañando a alguien
de un alguien sin rostro,
porque extrañando a
alguien sin rostro me
desvelo de sueños
no soñados,
ni esperados.

Extraño lo que pudo ser,
siendo lo que soy,
a solas frente
a otra alguien
que no soy.

¿Cómo gritar cuando
no se tiene voz?
¿Cómo huir si no
hay adónde huir?
Buscar y no cejar y
sin embargo buscar,
siempre buscar…

Lady Elizabeth Ellsworth
Jueves 19 de noviembre de 1847
Estancia “La Anita”, Mendoza.

sábado, 30 de marzo de 2024

La pulpería

 



No deseaba parar en el fortín, pues de ahí provenía el homicida de mi esposo. Debíamos comprar víveres y municiones y una pulpería estaba a la vista. La misma no era más que una modesta casa de adobe, con techo de paja, una entrada y apenas una pequeña ventana superior. En el palenque había como siete u ocho caballos, la clientela era nutrida. Desmontamos y les dimos de beber a los caballos. Un viejo desdentado, nos observaba y se reía. Lo miré y le sonreí. Dejó de reír. Entramos y la concurrencia calló casi mágicamente. Nos dirigimos directamente hacia las rejas del mostrador. En donde un tipo de unos cuarenta y tantos, de espesa barba entrecana y mugrienta, nos miró de arriba abajo.

- Usted no debería estar aquí, señora – dijo el pulpero.
- No ando con ganas de hacer finado a nadie hoy, así que, si me vende lo que necesito, nos iremos por donde llegamos – le contesté en un tono más que brusco.
- Si me habla ansí, es porque usted debe ser Yanara de los borogas.
- Correcto; es inteligente después de todo; ahora me va vender cartuchos y tasajo, ¿qué le parece?
- Me parece muy bien señora Yanara.
- ¡No nos gusta chupar delante de infieles! – se escuchó tras de mí.
- Y a mí no me gusta sentir el olor a tipos que no se bañan desde la declaración de independencia y aquí me ven, aguantando la respiración… - respondí rauda.
- Gringa atrevida, hiciste mal en venir sin facón, si hasta puedo olvidarme que sos una hembra… - dijo uno de los parroquianos, parándose y desenvainando su arma blanca.
- ¿Por qué no te sentás y terminás tu ginebrita, pelotudo? – le dije al gaucho bravucón.
- Con un trabuco es fácil – me dijo.
- ¡Loncopan! pasame la tercerola – le dije a mi compañero –, ¿esta te gusta más? Cuando se inventó la pólvora se acabaron los infelices como vos – le espeté al antedicho.
- ¡Rivas! Sentate, es Yanara – le advirtió el pulpero.
- Nunca olvido una cara – musitó Rivas.
- ¿En serio? La tuya no la puedo ver por culpa de esa barba asquerosa y hedionda; si querés, mi amigo con su cuchillo te afeita en seco…
- ¡Rivas! Sentate de una vez; esta mujer te hace fiambre aquí mismo, lo sé – insistió el pulpero.

Compramos y nos retiramos caminando hacia atrás y con la tercerola en mano y apuntándole a Rivas a la cabeza. Rivas me miraba fijo y babeando de rabia. “Tranquilo, Rivas, tomate una ginebrita a mi salud” – le dije al gaucho provocador. Quiso levantarse de nuevo, pero su compañero de mesa se lo impidió. Ya en el exterior, Loncopan me ayudó a montar. “Eres la digna viuda de Tahiel” – me dijo. “Vamos…” – agregué.

"Yanara hacia el sur"




miércoles, 14 de febrero de 2024

El teniente unitario

 

Viajábamos mansamente con la tropilla federal, pero a la altura del arroyo Maldonado, fuimos atacados por efectivos unitarios, distinguibles por sus uniformes azul verdes. Nos superaban en una proporción de cuatro a uno, que serían como una veintena o más. Los colorados se parapetaron detrás de unas rocas, pero los embates de sus enemigos por fin diezmaron a los hombres de Rosas, perdiendo la vida todos y cada uno de ellos. Cuando las tropas unitarias estaban por disparar a quien suponían el último federal, alcé mis brazos y pudieron ver que era una mujer quien les rogaba por su vida.

Su jefe era un joven de unos treinta años, de impecable guerrera, símil a los de las revistas escolares de las primarias, se aproximó hasta donde me encontraba y desmontó presto para presentarse ante la aparición de una extraña dama en medio de los rosistas. Era un apuesto y vigoroso militar, de largos cabellos negros, facciones finas y ojos almendrados.

- Muy buenos días, madame, soy el capitán Agustín Lisandro del Prado y Mendoza, a sus órdenes – dijo prontamente.

- Buenos días, capitán, soy Lady Elizabeth Olivia Ellsworth, súbdita de su Majestad la Reina Victoria.

- ¿Podría preguntarle la causa por la cual estos bárbaros la acompañaban?

- Desde luego; me llevaban en custodia en prevención de salvajes o delincuentes de los caminos para poder llegar a los Santos Lugares.

- ¿La llevaban detenida? No me parece.

- Y le parece bien capitán; me escoltaban a fin de visitar a un sacerdote amigo mío, injustamente acusado de traidor a la Confederación por el comandante Cuitiño – contesté con amargura.

- Es británica, ahora comprendo los buenos modales del tirano; somos patriotas que vamos camino al norte para reunirnos con las tropas del general Rivera y luchar contra la opresión; creemos que en poco tiempo estaremos en condiciones de entrar triunfantes a Buenos Aires; y de Cuitiño, qué se podría esperar sino bestialidades.

- Lamento desilusionarlo caballero, pero aún resta un tiempo más para derrocarlo.

- ¿Y cómo sabe tanto del movimiento?

- (pensé unos segundos antes de responder) En primer lugar, mi esposo era un enviado del Foreign Office camuflado como comerciante y me participaba sobre los asuntos del Plata y el Foreign Office duda que aún pueda caer el Gobernador; por otra parte, mi amigo el cura, me contactó con algunos miembros del partido unitario en la clandestinidad y ellos no están convencidos del final de esta guerra.

- ¿Puedo saber el nombre de esos amigos?

- No.

- Comprendo Lady Elizabeth, aunque discrepo con sus contactos y con su Foreign Office, si me permite decirlo. Ahora bien, ¿desea que la asistamos hasta cierto punto para facilitarle su visita a la denigrante prisión?

- Mucho me placería, capitán – dije sonriendo de oreja a oreja.

Luego de que los hombres del capitán unitario enterraran cristianamente a los muertos federales, dimos comienzo a nuestro viaje a los Santos Lugares. Agustín y yo cabalgábamos juntos a la par, al frente de la columna. Cada tanto nos mirábamos y reíamos con nerviosismo. “No monta como las damas; sino, como varón; ¿así cabalgan las damas inglesas?” – inquirió Agustín. “No, sólo las que lo hacen sin que las observen en demasía los hombres; es más cómodo y menos peligroso” – contesté rauda.

"Viaje al país de Rosas"