Me encontraba bebiendo un café en el salón de oficiales de la base. Pero mi mente no se encontraba ahí. Como si me arropara una extraña neblina, mi viejo mentor romano apareció ante mí, quizás por arte de magia, quizás por obra y gracia de alguna reacción bioquímica de mi cerebro. Lucio Anneo Séneca había
logrado su meta en mí. Lo imaginaba sentado a mi lado con sus túnicas de
aristócrata romano, acariciando mi cabellera
y dibujando una mueca como sonrisa poco solapada bajo la sombra de una parra
de alguna villa de las afueras
de la Roma imperial.
- Somos frágiles, ¿no es
así? – pregunté.
- Sí, mi niña, lo somos; más aún, frágiles y
débiles. Nos procuramos títulos y honores y abandonamos la senda de la
frugalidad espiritual con demasiado entusiasmo para colmarnos de placeres y
objetos, la mayoría innecesarios para nuestra supervivencia; como si nos
placiera el tenerlos y cuando los tenemos, continuamos viviendo esa quimera de
vanidades, tan vacíos como al principio,
sin percatarnos ni por un segundo, que todo es breve y pasajero y que sólo
somos granos de arena de este monumental desierto llamado mundo.
- ¿Es vanidad sentirme
diferente a los demás?
- No; porque los demás son diferentes a ti y ni
siquiera lo saben y ni les importa; cada humano es único y su motor debería ser
la búsqueda de la verdad a través de la razón. Tú la buscas. Sin vanidad y
sabiendo que efímera eres. Tu vida un día se escurrirá y ¿qué quedará entonces?
Tu recuerdo acerca de cómo escudriñaste en orden a hallar la verdad, el bien,
la justicia, la belleza.
- Usted no
podría pertenecer al siglo al XXI…
- Siempre habrá quienes
escojan el camino de piedras, áspero y difícil a las vías cómodas que
conducen a Roma y tú, mi niña, eres de los primeros.
- Leticia, te
dije buenas noches y permaneciste como absorta, como perdida ¿te sentís bien? – inquirió Pablo.
- ¿Eh? Ah… sí, disculpame, sólo recordaba a un viejo
profesor de filosofía.
- Una oficial de la Fuerza Aérea filósofa,
eso sí que es digno de verse.
- Buenas noches Pablo…
- Buenas noches,
capitana – dijo Pablo casi en un murmullo
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