martes, 14 de abril de 2026

El camafeo

 




Enero de 1899.
Una estancia en la Provincia de Buenos Aires.

Federico y Juliette.

Me miraba las manos. Las manos que Federico acariciaba. Las manos que habían segado vidas, las manos que habían salvado vidas. Las manos que habían acariciado la felicidad de rostros que devolvían mi humanidad de a ratos. Las manos que habían abierto la caja de Pandora. Las manos que no pudieron cerrar mi maldita boca en un mundo de bocas cerradas y secretos a voces en esta Belle Époque en la que había caído sin pedirlo...

- Tengo un obsequio para ti, Juliette…

- ¿En serio? – dije tratando de recomponerme y simular sorpresa y alegría.

- Quisiera que lo uses, cuando tú lo dispongas…

- ¿Qué es?

- Abre la cajita roja, mi dulce Juliette.

- No, no… no… Federico. ¿Por qué?

- Porque eres la dama más bella que he conocido. Su alma es bella y merece un objeto así.

- No lo merezco.

- Por favor, tus palabras me hieren los oídos.

- ¡No! No…quiero lastimar a quien me ha dado su ser sin esperar nada a cambio.

- Defines el amor, ¿verdad? - señaló Federico.

- Sí. Por eso… no… no… sé qué… qué decir.

- No tartamudees y abre… - abrí la cajita y era el camafeo de platino más hermoso jamás imaginado.

- Pe… pero… pero yo… yo.

- Póntelo. Ya elegirás a quien colocar en ese camafeo. Aspiro a ser ese elegido.

- Lo sos. Lo sos. Los sos… besame Federico, aunque sea ese fenómeno de pecas horrendas.

- Pero de ojos azules tan intensos como las aguas del Pacífico… - acotó sonriente.

jueves, 12 de febrero de 2026

¿Cómo andas? ¡Todo bien!

 



- ¿Cómo andás? – pregunta Adriana -

- Bien, todo bien… - respondo con una sonrisa de oreja a oreja –

- Ah qué bueno. Me alegro.

- ¿Y vos? – pregunto con la sonrisa de oreja a oreja -

- Todo ok. Pero ahora te dejo. ¡Ando a full! – contesta Adriana, reiterando el verbo “andar”, como si fuera uno de los principales de su vocabulario coloquial -

- Obvio… quién no… - respondo con la misma sonrisa de oreja a oreja –

- Chau Noe…

- Bye, Adri…

 

¿Qué hubiera sucedido si en lugar de manifestar “todo bien”, le hubiera espetado… “Ando para el reverendísimo ojete, me duele el cuerpo, el alma, las uñas y la punta del dedo gordo del pie porque me llevo a las patadas con mi pareja, mi hijo es un adolescente que desconozco qué mierda se le cruza por la cabeza y mis proyectos se han cumplido en un tacaño 23,56 %?

 

Probablemente hubiera respondido con su amable y muy gentil sonrisa ¡“ando a full”, después me contás! Ok. Extraña costumbre es ésta de responder con ese “todo bien”. Todo bien. Todo es demasiado abarcativo. Como un exceso verbal, que apenas disimula que no todo anda bien. Si todo anduviera tan bien, ni psicólogos ni abogados tendrían trabajo.

 

Pero la sonrisa es obligatoria. Especialmente en estos encuentros o “colisiones” casuales. Recuerdo muy bien una ocasión, en la cual vencí mi tradicional fobia social y asistí a un “evento” en Parque Norte, a causa de la finalización de un curso de marketing, con su “vino de honor”, aunque evocara una bacanal de Síbaris. Todos paraditos y yendo de allá para acá, recorriendo mesitas con manjares y llenándose los platitos de los mismos, desbordándolos hasta la vergüenza ajena y no tanto. Recuerdo que me hallaba sola, eligiendo unos saladitos de salmón, que posiblemente no degustaría por años, debido a sus altos costos (el curso, al fin y al cabo, me había despejado la duda… con mis ingresos de mierda no sería el target para las empresas comercializadoras de salmón ahumado). Recuerdo que un compañero de curso, de cuyo nombre no me acuerdo, empleando el viejo castizo de Mío Cid, se acercó con sigilo y me formuló la bendita pregunta…

 

- ¡Hola!... ¿Cómo andás?...

- Para el orto, pero estos saladitos de salmón ahumado y este Chardonnay están de puta madre… ¿Y vos?

- Bien – respondiendo con la sonrisita de oreja a oreja, que se deshacía como un helado de pistacho bajo el sol de Enero – Te dejo porque me llama un supervisor…

- Ve con Dios, compañero cursante de cuyo nombre no me acuerdo…

- ¿Perdón?

- Que te las tomes… el salmón ahumado no cura, pero entretiene mi paladar, que en este instante tiene a cargo la representación de mi alma, la cual halla vaciedad en el mundo real que la rodea. No obstante lo cual, el sabor ¡Qué digo!, el “potencial” sabor del salmón ahumado, pues aún no lo he ingerido, podría desviar mis angustias por un rato, aunque sólo por un rato…

- Ah… bueno… ¡Hasta luego!

- Hasta luego… quién sabe… (no se a qué carajo se refiere con el luego, ¿Luego de qué? ¿De comer y beber como romanos desbocados o luego de hablar con el imaginario supervisor?... bah… ya ni me importa)

 

Apenas un minuto después…

 

- ¿Hola? ¿Cómo andás? – pregunta otro compañero cursante de cuyo nombre tampoco me acuerdo –

- Joya… hasta ahora en dos piernas… ¿Y vos? ¿Cómo te llamabas? - respondo con la sonrisita de oreja a oreja, teniendo en cuenta el método de “ensayo y error” -

- Ah… eh… Guillermo… - contesta solícito “Guillermo” –

- Como el conquistador de Bretaña – digo masticando finalmente el manjar proveniente del mar y con un toque ahumado –

- Sí, claro…

- Exacto… estos normandos… eran unos pillos ¿eh?

- Sí, por supuesto. Eh… veo que estás ocupada con tu saladito…

- El cielo puede esperar, el salmón que no comeré por tiempo indeterminado, quizás jamás nuevamente, quién sabe… no.

- Eh… te dejo por ahora, porque siento vibrar el celu y espero una llamada…

- Vaya nomás con sus vibraciones, no hay problema Guillermo de Normandía…

- Bueno, hasta luego – dice Guillermo con cara de nada –

- Si Dios o la Nada quieren… y el dios “Luego”, dios pagano me comentaron porque no creía ni en su abuela, también…

 

Se aleja Guille. No sin antes, darse vuelta para observarme con más atención. Su carita sonriente es tan transparente como él. Pero prefiero no imaginar lo que piensa… jeh. (- ¿De qué te reís? -)

 


miércoles, 16 de abril de 2025

Emily...

Una vez arribado el carruaje a Elbridge Hall, un lacayo ayudó a Emily a descender, la cual le agradeció con un gesto sutil pero, afectuoso. Sir Stapleton la acompañó con suma gentileza hasta la biblioteca y ordenó a un criado para que les trajera una copa de vino jerez. Emily reprimió su voluntad de enviarlo al demonio al comodoro, quien ya creía tomar las riendas de la finca, pero en cambio, decidió ir por la senda de los buenos modales aceptados para una dama de su posición. Se sentaron en la amplia sala rodeada por una frondosa biblioteca y los acompañó la señora Calloway, lo cual incomodó un poco al marino.


 Your Ladyship, would you prefer that I stay here to be with you? (Su Señoría, ¿preferiría que me quedara aquí para acompañarla? – preguntó con tono cortés Sir Roger.

-  Sir Roger, what I prefer is my voice ruling this House, if you allow me (Lo que prefiero es que mi voz gobierne esta casa, si me lo permite) – dijo Emily con extrema suavidad y una sonrisa de oreja a oreja.

-  Oh, well, I didn´t want to put into question your voice or your orders, Your Ladyship (Oh, bien, no quise poner en tela de juicio su voz o sus órdenes, su Señoría) – dijo algo descolocado Sir Stapleton.

-  Of course not Sir Roger, now you´ll be wellcome to this house, as many times as you wish, I promise you (Por supuesto que no Sir Roger, ahora será bienvenido a esta casa, tantas veces como lo desee, se lo prometo).

-  Thank, Your Ladyship; I will visit you frequently, if you don´t mind (Gracias, Su Señoría; la visitaré con frecuencia, si no le importa) – agregó Sir Roger.

-  Sir Roger, I think you will have a lot of activities that require your attention, precisely at this moment (Sir Roger, pienso que tendrá muchas actividades que requieren su atención, precisamente en este momento) – dijo Emily.

-   Indeed; it was an honor to say goodbye to your husband; he will be Her Majesty´s representative to the americans; and now, I leave you Your Ladyship (En efecto; fue un honor despedir a su esposo; será el representante de Su Majestad ante los estadounidenses) – dijo afectado Sir Roger, mientras Emily tocaba la pequeña campana para la servidumbre.

-  Baldomero, Sir Roger se retira; por favor acompáñalo hasta el carruaje, que viaje con bien hasta el centro -  dijo Emily a su sirviente.

-  Como no, Su Señoría – dijo Baldomero –, Sir Roger, el carruaje está listo cuando lo disponga – señaló al marino, el lacayo.

 

"Emily" 


sábado, 22 de febrero de 2025

If I only knew...

If only I knew
your name,
knew your face,
saw in your eyes,
in a blink
between seconds
stolen in just
a second and
I saw you
and spoke
your name,
like someone
who appears in a
flash
of lights and shadows.

If only I knew
my destiny, because,
who knows it?
Do you know it?
Do the Fates know it?
Is it a whim among
whims?

If only I knew,
that one day I will be
what I am not today...
if only I knew,
that I will finally be happy,
swimming in your gaze,
speaking
your name,
smiling at your
smile...

Emily Vanessa Pendleton, Autumm, Buenos Aires, 1893.






Si tan solo supiera...


Si tan solo supiera
tu nombre,
conociera tu rostro,
viera en tus ojos,
en un parpadeo
entre segundos
robados en apenas
un segundo y
te viera
y pronunciara
tu nombre,
como quien
aparece en un
destello
de luces y sombras.

Si tan solo supiera
mi destino, porque,
¿quién lo sabe?
¿lo sabes tú?
¿lo saben los Hados?
¿es un capricho entre
caprichos?

Si tan solo supiera,
que un día seré
lo que hoy no soy…
si tan solo supiera,
que seré al fin feliz,
nadando en tu mirada,
pronunciando
tu nombre,
sonriendo a tu
sonrisa…

Emily Vanessa Pendleton, otoño en Buenos Aires, 1893.




miércoles, 24 de julio de 2024

Recordar es recordarte...



Recordar es
recordarte en un
parpadeo, cual
aleteo de algún
colibrí perdido
en un tiempo
cualquiera.

Recordar es
recordarte,
inmerso en
vacíos de
llanuras,
que hablan
el silencio,
un silencio de
ternuras
nunca perdidas,
cuando las
palabras de
más están,
cuando tu ser
más requiero,
en este
laberinto de
seres, de
hace ya y a
lo lejos…

Recordar,
es recordarte y
jamás olvidarte...

miércoles, 24 de abril de 2024

He sido mil nombres y ninguno

 

“He sido mil nombres y ninguno. He sido un ángel y un demonio. He sido blanca y aborigen. He sido adorada y despreciada. Tanto me sometieron, como sometí. Me dieron de latigazos y me besaron la mano. De todas ellas, tampoco yo sé bien quién he sido. Quizás todas a la vez y ninguna. Temo por Mailén. No deseo que muera por mi culpa. Nadie más debe morir por mí. Si he de pagar por mis crímenes que estos hombres del siglo XIX me imputan, será más por su complejo de inferioridad, que por lo crímenes en sí, pues ellos no se tienen piedad a la hora de cortar sus pescuezos, pero mi peor crimen quizás es no doblegarme ante ellos. Mi único crimen, ahora que lo pienso, es pretender ser libre, de cuerpo y espíritu. Pero qué soberana estupidez arrogante, el querer ser libre en pleno gobierno de un autócrata, borracho de poder y sangre, a veces me sorprende mi propia estupidez…”

Diario de Leticia, sábado 14 de julio de 1849.
Tres años antes de la caída de Juan Manuel de Rosas.




martes, 23 de abril de 2024

Claroscuros


Como atragantándome con
mis blasfemias...
Como escupiendo
mis palabras…

Como evadiendo
barreras…

Como descendiendo a
mi paraíso…

Como elevándome a
mi infierno…

Como enviciando mis
virtudes…

Como limpiando mis
miserias…

Así serán tus besos…
Así será tu mirada…
Así serán tus manos…

Que besan…
Que miran…
Que acarician…

Por siempre y
desde siempre o
desde nunca…

No lo se…

Y me traicionarás…
Y te traicionaré…

Y eso lo se…

JV - 2013







El encuentro (primera parte)


1. Ella
Y ella llegó temprano a la cita. Una cita largamente esperada. Una espera tapizada de calles, callejones, avenidas, ciudades, pueblos y caseríos. Todo apuntaba a un encuentro con extrema ansiedad. Se verían las caras. Ella y él. Se mirarían a los ojos. Leerían esas miradas. Quizás, las desentrañarían. O quizás, no. Ella sólo sabía, que sólo él podía darle cierto sentido a lo que ella era. Cierto sentido. Probablemente no un sentido absoluto y completo. Como un sistema cerrado y concluido. Él no creía en esas cosas. Pero algunos interrogantes, plenos de dudas, desbordantes de noches de insomnio, de noches de rocíos casi imperceptibles, de noches de soledades notables, podía él responder. Bueno, eso pensaba ella, mientras un aroma a pan tostado invadía el ambiente de la confitería, combinado sabiamente con otro, pero de café, recién molido. El típico y agudo sonido a máquina express, le señalaba que su pedido pronto vendría a su mesa. Una mesa de madera, cubierta por los colores que predominaban en el ambiente: el rojo y el verde. Dando por momentos un aire tropical, un aire de un Caribe lejano, inimaginable en la melancólica Buenos Aires.

Las palabras. A veces están de más. A veces nos hacen falta. Las miradas. Nunca están de más y siempre nos hacen falta. Como esa presencia del otro. Que construye. Y que nos cubre con su humanidad. Y que nos gratifica. Y que nos angustia. Y que la necesitamos. Y que no podemos prescindir de ella. Y el otro puede ser otro un día, simplemente porque un día ya no lo miramos. Y nos parece tan extraño, tan ajeno. Como paradoja, quizás ése, tan extraño, seamos nosotros. Porque el otro nos falta. Como el aire. Como la vida – meditaba ella, al tiempo de beber su café cortado.

- ¿Espera a alguien? – pregunta el mozo.
- Sí – responde ella.
- Lo noté. Se la ve ansiosa, como nerviosa, como tratando de concentrarse en un punto y no lo logra y lo intenta y vuelve a fracasar. Tal vez esto sólo me parezca. Le ruego me disculpe si me considera un entrometido.
- No. No lo es. Es verdad lo que supuso… ¿Cómo se llama?
- Ramón…
- Mire Ramón, es altamente probable que ni usted ni yo tengamos vidas propias…
- ¿A qué se refiere señorita?
- Eso no importa mi estimado Ramón. Pero sí importa lo que finalmente creamos. ¿Usted cree en Dios?
- Sí, por supuesto. No voy a Misa seguido, pero… que ni tiempo tengo para eso… pero me dieron la Primera Comunión ¿sabe?
- Lo envidio Ramón. Le envidio su “por supuesto”…
- ¿Usted no es creyente?
- Solía serlo. Quería creer. Y alguien me hizo caminar. Y alguien me hizo creer en no creer o al menos, creer menos…
- ¿Entonces no cree en nada? – pregunta curioso Ramón –
- Justamente creo en algo… creo en este momento. En este segundo. Creo en usted… Ahora… ¿Puedo creer en el siguiente?
- El siguiente no existe aún…
- ¡Exacto! En el siguiente podríamos desaparecer…
- No me hago tantas preguntas señorita… Sólo sirvo café y cerveza todo el día.
- Lo entiendo Ramón. De alguna manera, eso lo salva…
- ¿De qué señorita?
- No importa de qué Ramón, pero lo salva…

Ramón la dejó con sus soliloquios. Sabía que debía dejarla a solas. En realidad, no a solas. Con ella y con su espera. Esa espera, que segundo tras segundo, se iba acortando. Se iba consumiendo, cual vela a través de las horas a deshoras. Y los cortados, no fueron uno o dos, quizás tres o cuatro.

Ella extrajo de su tradicional mochila, su tradicional libretita “piojosa”, como él la calificaba. Su libretita, color verde oscuro, con un guanaco, llama o algo así en la tapa, a manera de símbolo, algo desgastada en los bordes y en las puntas, con claros signos de usos y abusos, de manos y dedos presurosos por escribir aquello que ven, aquello que escuchan. Ensimismada, la sobresaltó un bocinazo y un golpe seco. “Colisionan dos autos: no hay heridos”, - dirá la nota de policiales de algún periódico de poca tirada. Luces azules titilantes y vigorosas. Las balizas de la Federal hicieron se presentación y el tejido social, seguiría como si nada, casi intacto, pues están “para proteger y servir”. Ella miró por la ventana que da a la calle Uriburu. Corrió el velo y el velo no era más un helecho ensortijado, endemoniadamente ensortijado, como selvático, como un consulado de la selva en la ciudad, otra selva. Y vio el incidente. Dos tipos agarrándose la cabeza. Pasándose las manos por sus cabezas, como si se tratara de la muerte súbita de un familiar directo. Pero no. Sólo dos autos que tenían un par de paragolpes rotos. Escena repetida: uno de los hombres de azul con handy en la mano, parloteando. Los tipos sobre el capot de uno de ellos anotando datos para el seguro. Hecho irrelevante. Común. Ella sonrió. Por la duda que todo ello le causaba…

"Nuevos caminos de Noelia"
Todos los derechos reservados. 2012


















domingo, 7 de abril de 2024

Alguien que no soy

Extraño lo que se puede y
lo que no se puede;
extraño el aroma de cafés
bebidos entre gallos y
medianoches;
extraño no extrañar,
extrañando a alguien
de un alguien sin rostro,
porque extrañando a
alguien sin rostro me
desvelo de sueños
no soñados,
ni esperados.

Extraño lo que pudo ser,
siendo lo que soy,
a solas frente
a otra alguien
que no soy.

¿Cómo gritar cuando
no se tiene voz?
¿Cómo huir si no
hay adónde huir?
Buscar y no cejar y
sin embargo buscar,
siempre buscar…

Lady Elizabeth Ellsworth
Jueves 19 de noviembre de 1847
Estancia “La Anita”, Mendoza.

sábado, 30 de marzo de 2024

La pulpería

 



No deseaba parar en el fortín, pues de ahí provenía el homicida de mi esposo. Debíamos comprar víveres y municiones y una pulpería estaba a la vista. La misma no era más que una modesta casa de adobe, con techo de paja, una entrada y apenas una pequeña ventana superior. En el palenque había como siete u ocho caballos, la clientela era nutrida. Desmontamos y les dimos de beber a los caballos. Un viejo desdentado, nos observaba y se reía. Lo miré y le sonreí. Dejó de reír. Entramos y la concurrencia calló casi mágicamente. Nos dirigimos directamente hacia las rejas del mostrador. En donde un tipo de unos cuarenta y tantos, de espesa barba entrecana y mugrienta, nos miró de arriba abajo.

- Usted no debería estar aquí, señora – dijo el pulpero.
- No ando con ganas de hacer finado a nadie hoy, así que, si me vende lo que necesito, nos iremos por donde llegamos – le contesté en un tono más que brusco.
- Si me habla ansí, es porque usted debe ser Yanara de los borogas.
- Correcto; es inteligente después de todo; ahora me va vender cartuchos y tasajo, ¿qué le parece?
- Me parece muy bien señora Yanara.
- ¡No nos gusta chupar delante de infieles! – se escuchó tras de mí.
- Y a mí no me gusta sentir el olor a tipos que no se bañan desde la declaración de independencia y aquí me ven, aguantando la respiración… - respondí rauda.
- Gringa atrevida, hiciste mal en venir sin facón, si hasta puedo olvidarme que sos una hembra… - dijo uno de los parroquianos, parándose y desenvainando su arma blanca.
- ¿Por qué no te sentás y terminás tu ginebrita, pelotudo? – le dije al gaucho bravucón.
- Con un trabuco es fácil – me dijo.
- ¡Loncopan! pasame la tercerola – le dije a mi compañero –, ¿esta te gusta más? Cuando se inventó la pólvora se acabaron los infelices como vos – le espeté al antedicho.
- ¡Rivas! Sentate, es Yanara – le advirtió el pulpero.
- Nunca olvido una cara – musitó Rivas.
- ¿En serio? La tuya no la puedo ver por culpa de esa barba asquerosa y hedionda; si querés, mi amigo con su cuchillo te afeita en seco…
- ¡Rivas! Sentate de una vez; esta mujer te hace fiambre aquí mismo, lo sé – insistió el pulpero.

Compramos y nos retiramos caminando hacia atrás y con la tercerola en mano y apuntándole a Rivas a la cabeza. Rivas me miraba fijo y babeando de rabia. “Tranquilo, Rivas, tomate una ginebrita a mi salud” – le dije al gaucho provocador. Quiso levantarse de nuevo, pero su compañero de mesa se lo impidió. Ya en el exterior, Loncopan me ayudó a montar. “Eres la digna viuda de Tahiel” – me dijo. “Vamos…” – agregué.

"Yanara hacia el sur"




miércoles, 21 de febrero de 2024

Yanara y Tahiel

 



Isaías, mi caballo, fue perdiendo fuerzas y los federales ganaron terreno en este frenesí y dejaron de tirotearme; al parecer me querían con vida y al parecer, yo no les daría el placer de mi presencia. Detuve mi caballo súbitamente y lo acosté en tierra. Me parapeté tras él y con mis dos pistolas herí a dos efectivos que cayeron y a uno alcancé en la cabeza, muriendo en el acto. La partida también se detuvo. Sentí un profundo ardor en el brazo izquierdo. Uno de los plomos de los soldados me había herido. Reanudaron el tiroteo al verme con el brazo ensangrentado, hasta que inesperadamente dieron vuelta y regresaron por donde vinieron. Esta vez, la retirada no la causó mi pistola nueve milímetros, sino, un grupo de pampas que me rodearon. Sus caras eran serias, como en general lo eran. De entre ellos, salió uno, abriéndose paso y desmontó. Era Tahiel.

- Te había prometido que podías contar con nosotros, Yanara – dijo Tahiel.
- Gracias amigo mío, me han salvado la vida; los milicos querían mi cabeza – dije.
- Eres demasiado bella, para que esos cabellos rojos sean separados de tu cuerpo y muy valerosa.
- Sólo me defendía.
- No es la primera vez que despenas huincas, lo sé.
- Y es verdad; pero nunca me causó deleite el tomar una vida, sólo una vez.
- ¿Quién Yanara?
- El comandante de Exaltación, Celaya; había juramentado degollarme en la primera oportunidad; lo envié al más allá antes que él a mí.
- No debes arrepentirte Yanara; eres una guerrera, lo sé y además veo que usas mi collar.
- Es hermoso, cómo no usarlo. Sobre tu piel blanca sobresale aún más. Estás herida, ven con nosotros, las mujeres te curarán.
- Iba camino hacia ustedes Tahiel…
- Con más razón, ven, pero te advierto que la toldería es algo completamente distinto a lo que conoces.
- Ya nada me sorprende mi amigo; te contaré cuán distinto es el mundo de donde provengo.
- Lo espero con ansias, Yanara.

Tahiel y yo cabalgamos a paso lento y sus quince bravos iban detrás.

miércoles, 14 de febrero de 2024

El teniente unitario

 

Viajábamos mansamente con la tropilla federal, pero a la altura del arroyo Maldonado, fuimos atacados por efectivos unitarios, distinguibles por sus uniformes azul verdes. Nos superaban en una proporción de cuatro a uno, que serían como una veintena o más. Los colorados se parapetaron detrás de unas rocas, pero los embates de sus enemigos por fin diezmaron a los hombres de Rosas, perdiendo la vida todos y cada uno de ellos. Cuando las tropas unitarias estaban por disparar a quien suponían el último federal, alcé mis brazos y pudieron ver que era una mujer quien les rogaba por su vida.

Su jefe era un joven de unos treinta años, de impecable guerrera, símil a los de las revistas escolares de las primarias, se aproximó hasta donde me encontraba y desmontó presto para presentarse ante la aparición de una extraña dama en medio de los rosistas. Era un apuesto y vigoroso militar, de largos cabellos negros, facciones finas y ojos almendrados.

- Muy buenos días, madame, soy el capitán Agustín Lisandro del Prado y Mendoza, a sus órdenes – dijo prontamente.

- Buenos días, capitán, soy Lady Elizabeth Olivia Ellsworth, súbdita de su Majestad la Reina Victoria.

- ¿Podría preguntarle la causa por la cual estos bárbaros la acompañaban?

- Desde luego; me llevaban en custodia en prevención de salvajes o delincuentes de los caminos para poder llegar a los Santos Lugares.

- ¿La llevaban detenida? No me parece.

- Y le parece bien capitán; me escoltaban a fin de visitar a un sacerdote amigo mío, injustamente acusado de traidor a la Confederación por el comandante Cuitiño – contesté con amargura.

- Es británica, ahora comprendo los buenos modales del tirano; somos patriotas que vamos camino al norte para reunirnos con las tropas del general Rivera y luchar contra la opresión; creemos que en poco tiempo estaremos en condiciones de entrar triunfantes a Buenos Aires; y de Cuitiño, qué se podría esperar sino bestialidades.

- Lamento desilusionarlo caballero, pero aún resta un tiempo más para derrocarlo.

- ¿Y cómo sabe tanto del movimiento?

- (pensé unos segundos antes de responder) En primer lugar, mi esposo era un enviado del Foreign Office camuflado como comerciante y me participaba sobre los asuntos del Plata y el Foreign Office duda que aún pueda caer el Gobernador; por otra parte, mi amigo el cura, me contactó con algunos miembros del partido unitario en la clandestinidad y ellos no están convencidos del final de esta guerra.

- ¿Puedo saber el nombre de esos amigos?

- No.

- Comprendo Lady Elizabeth, aunque discrepo con sus contactos y con su Foreign Office, si me permite decirlo. Ahora bien, ¿desea que la asistamos hasta cierto punto para facilitarle su visita a la denigrante prisión?

- Mucho me placería, capitán – dije sonriendo de oreja a oreja.

Luego de que los hombres del capitán unitario enterraran cristianamente a los muertos federales, dimos comienzo a nuestro viaje a los Santos Lugares. Agustín y yo cabalgábamos juntos a la par, al frente de la columna. Cada tanto nos mirábamos y reíamos con nerviosismo. “No monta como las damas; sino, como varón; ¿así cabalgan las damas inglesas?” – inquirió Agustín. “No, sólo las que lo hacen sin que las observen en demasía los hombres; es más cómodo y menos peligroso” – contesté rauda.

"Viaje al país de Rosas"

martes, 30 de enero de 2024

La caída


Y esa fue la última vez que tratamos de comunicarnos con Reynolds. La nave dio unas cuantas cabriolas luego de entrar al peculiar aro de colores, pero Ignacio pudo enderezarla, luego de un gran esfuerzo. Al objetivo no podíamos verlo, por lo que Ignacio se negó a lanzar los misiles y decidió dar la vuelta para aterrizar. Sin embargo, por unos segundos entré en pánico al ver la superficie. En ella, nada había, ni la base, ni la ciudad. Sólo kilómetros de nada. Algo como las pampas y algunos árboles dispersos y bosques en forma de islas. Creí ver un poblado lejano, pero lo que más me llamó la atención era que no podíamos aterrizar al no distinguir caminos de asfalto, sólo huellas o caminos de tierra.

El cielo se había despejado y era de nuevo límpido y prístino. Por fin, pudimos ver un camino recto medianamente plano que serviría para decolar. No obstante, el panel de control seguía fuera de línea, frenético y la nave comenzó a hacer “tonel”. Sabía que nuestras vidas pendían de un delgado hilo y que al siguiente segundo podríamos estrellarnos. Cerré los ojos unos segundos, mordí mis labios y traté de superar ese momento. La turbulencia era feroz e Ignacio casi no podía sujetar el volante. El tablero deliraba. No podíamos conocer nuestra ubicación, ni la altura o la presión de la cabina.

- ¡Ignacio, vamos a estrellarnos! – exclamé sobresaltada.
- No Leticia, calmate…
- Ignacio, no se ve la base, lo que veo es llanura, como si fueran las pampas.
- Sí, yo también la veo.
- Atravesamos un puente de Einstein – Rosen.
- Eso es literalmente imposible, nos hubiera aplastado y desintegrado en menos de un parpadeo – replicó Ignacio.
- No, necesariamente.
- No importa ahora; lo que importa es tratar de nivelar el aparato y no caer o por lo menos intentar un aterrizaje de emergencia.
- Voy a enviar un pedido de auxilio.
- Como gustes, pero dudo que te respondan.
- ¡Mayday, Mayday, Mayday, torre de control Reynolds, este es Charlie 933, emergencia por caída inminente, no puedo precisar nuestra posición, controles fuera de servicio, no podemos precisar altitud, tanques de combustible llenos, esta es la teniente Leticia Vázquez, Mayday, Mayday,Mayday, estamos cayendo, ¿me copian?

En un momento, acaricié el mecanismo de eyección, pero no podía dejar a Ignacio, aunque él me solicitó que así lo hiciera. Repentinamente y sin haber oprimido botón alguno, la nave disparó por sí sola los dos misiles a tierra y alcancé a ver cómo una especie de galpón era reducido a escombros en cuestión de segundos, tras lo cual, perdimos altura sin remedio y sin gobierno del A4. Apenas pudimos estabilizarlo y milagrosamente tocamos tierra sin explotar en mil pedazos, a costa de destrozar el tren de aterrizaje y hundiendo en el suelo, parte del radomo, que se quebró con el impacto, luego de una loca carrera hasta un bosque de eucaliptos que nos detuvo.

- Nacho, esto es La Pampa o la Provincia de Buenos Aires, quizás – dije en voz baja.
- Puede ser.
- Te reitero que atravesamos un agujero de gusano.
- ¿Cómo podés estar tan segura?
- Fijate en el reloj digital de la nave, ¿qué marca?
- No puedo creerlo…
- Jueves 14 de abril de 1842.
- Leticia, será mejor que tomemos nuestras armas de mano, debemos ser cuidadosos.
- Ignacio, estamos varados 175 años en el pasado, ¿qué no podés entender?
- Me cuesta aceptarlo; revisá si alguna computadora de la nave quedó en pie; yo iré a explorar, pero antes comprobá si los controles alcanzaron a determinar las coordenadas de la caída.
- Sí, acá están; 34º 16’ 53.1” latitud sur, 59º 08’ 59” longitud oeste.
- Estamos en la Provincia de Buenos Aires, lo sé, pero ¿dónde exactamente? – preguntó de manera retórica Ignacio.
- Se me ocurre que pronto lo averiguaremos.
- Eso me temo; ¿está tu nueve milímetros cargada?
- Sí, cargada y con dos cargadores más y completos.
- Regreso enseguida; este bosque no creo que nos sirva de refugio por mucho más tiempo.
- No te alejes demasiado.
- ¿Insistís con eso que te dijo esa insana profetisa?
- Esa insana profetisa era yo realmente.
- Como sea, tendremos que comunicarnos de alguna manera con la Fuerza Aérea.
- Nacho, no habrá Fuerza Aérea hasta 1912.
- Veremos.



domingo, 10 de diciembre de 2023

La nada

"Qué es la nada. A veces imaginamos a la nada como a la oscuridad infinita. Otras, la imaginamos como un silencio sobrecargado de fantasmas provenientes de infiernos propios y ajenos. Los católicos creen que el infierno huele a azufre y está encendido por unos como leños eternos. Los ateos, son parcos, la definen como el no ser y ahí se detienen. ¿Y yo? Pues yo la ví. La tuve cara a cara. Pude tocarla, olerla, verla y hasta saborearla. Le hablé y ella, como era de esperarse ni se inmutó. Se limitó a dejarme hablar sola como quien se planta frente a un muro. Quizás la nada es eso. Un muro infranqueable. Y del otro lado del muro está el ser me dirá un filósofo de luenga barba y gafas..."


Y continué deambulando por esas calles desiertas que alguna vez albergaron la vida que ahora sólo albergaba nada. Viento que no sabía a viento. Murmullos que no eran tales, sólo producto de mi imaginación, como anhelando el sonido y sólo reverberaba el sonido del silencio, el silencio que desquicia. Las ausencias que desesperan. Y grité y grité hasta llorar, casi obligando a mis ojos a salir de sus órbitas, hinchando las venas de mi cuello, chorreando baba. Y la nada sólo me devolvía el eco. ¿A quién gritaba? A nadie. O a la nada. Pero ahí estaba, la nada misma riéndose de mí...

"Leticia"

JV - 2023 Todos los derechos reservados.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Para usted, Lady Elbridge...

 


Emily había despertado con cierta inesperada placidez ese día, un buen día de primavera de esa primavera de septiembre de 1897. Era jueves y no un jueves cualquiera, pues era el baile de inauguración del Jockey Club de Buenos Aires y Emily no tenía demasiado interés en asistir a él. En realidad no tenía demasiado interés en nada o casi nada. Sus estados de ánimo concurrían a la perfección con las damas de su época. Abúlica de a ratos, soñadora, irritable, para luego descender nuevamente en la más profunda melancolía, que sería retratada por los poetas de esos tiempos. La amplia sala que era su dormitorio, daba al Río de la Plata, ese mismo río que la arrullaba en las noches de insomnio sin té de tilo. El dormitorio sobresalía de la construcción general de la casona, como una punta de lanza que desafiaba al manso estuario, como la torre de un castillo perdido en su Inglaterra natal. Una casona en las barrancas de San Isidro, que su esposo había comprado a una familia de aristócratas venidos a menos, luego de la grave crisis económica de 1890.

Lady Emily Vanessa Pendleton, baronesa de Elbridge, veinticinco años, casada con el capitán de la Armada Británica, Lord Thomas Reginald Clifford, Barón de Elbridge, desde los veinte, quien le había transmitido su título al contraer nupcias. No habían tenido hijos y sus familias comenzaban a preocuparse. Emily era hija de John Milford Pendleton y de Edna Gwendolyn Clarke del condado de Kent, nacida en 1872.

La familia Pendleton, una familia plebeya, aunque muy opulenta, vio con buenos ojos su boda con ese arrogante aristócrata ambicioso y trepador y no opusieron resistencia alguna a que su hija menor se mudara casi de inmediato de Kent a España a sus tiernos diecisiete años, en 1889, junto a su joven marido y su primer destino en la Marina, como comisionado especial en Gibraltar.

En España, aprendió a la perfección el idioma e intimó con esa extraña cultura mediterránea de aromas a calidez y sabores de besos prohibidos en danzas de cante jondo, que a ella le eran ajenas en su país y que le excitaban sobremanera a todas luces, a lo que a su esposo, le pareció simpático en un principio, aunque luego dudó en un mar de dudas acerca de su bella mujer.

Aquel jueves, era diáfano. Pocas nubes en el firmamento rioplatense. De alguna manera, presagiaban una noche inolvidable en el edificio de la calle Florida 571, que sería recordado por años. Thomas había sido nombrado miembro “honorario” del nuevo centro social de la aristocracia porteña, por su condición de súbdito de su Majestad y por su título nobiliario que encandilaba a la élite criolla.

La noche seguía su curso y Emily convocaba las atenciones de los caballeros aristócratas, quienes habían olvidado casi por completo a sus esposas, mientras éstas miraban de soslayo a la deseable noble inglesa. Por un momento, logró desembarazarse de los abejorros y tomó asiento cerca de uno de los balcones que daban a la calle Florida, mientras bebía un escocés con hielo, hecho en sí reservado para damas de excepción como ella. De pronto, como de la nada, surgió un camarero, quien le ofreció unos canapés de langostinos...

- ¿No gusta un canapé, “la señora”? – dijo el mozo de fina estampa.
- Para usted, Lady Elbridge – replicó Emily quien a esas alturas del convite no gozaba del mejor humor.
- Usted perdone, “Lady”, pero me encuentro en una república que no reconoce títulos de nobleza… - dijo impertinente el interlocutor.
- Dígame, ¿usted sabe con quién está hablando?
- Aparentemente con una aristócrata más de los que acá están congregados; ¿por qué lo pregunta “la señora”?
- Me gusta su desparpajo; ¿cuál es su nombre? y deduzco que será italiano o ibérico o algo así.
- Deduce bien la señora; mi nombre es Antonio Giovanni Di Paolo, nacido en este país, aunque mis padres son oriundos de Calabria.
- Estaba en la senda correcta, ya veo; y además de servir canapés de langostinos, en una fiesta de oligarcas nativos, ¿a qué se dedica Antonio? – preguntó Emily curiosa.
- Soy hijo de Giovanni Di Paolo, panadero; trabajo con mi padre unas doce horas al día, luego, acudo al comité, pero como sospechará poco tiempo puedo dedicarle a mis compañeros.
- Radicales…
- Sí, radicales, pero, en fin…
- No, no… no sea tímido; algo guarda bajo la manga Di Paolo, como el pintor de la escuela de Siena.
- La señora es una mujer culta, es verdad, mi padre se llama como el pintor, pero, por los caprichosos senderos de la historia, a uno le tocó ser un artista inmortal y a otro, un proletario, cuyo arte se basa en mezclar harinas, aguas y huevos.
- Me gustaría visitar la panadería de su padre, ¿tiene lápiz y papel? ¿sabe escribir?
- Sí, aquí tengo – dijo Antonio sonriendo.
- ¿Por qué sonríe?
- Porque se algo más que escribir, soy abogado…
- ¡Abogado! ¡Y sirve canapés de langostinos!
- Soy el abogado del sindicato de panaderos, señora; pero debo vivir también. No he nacido en cuna de oro. Debí estudiar con el sacrificio propio de mi padre.
- Aprecio su esfuerzo Antonio; pero no se deje confundir con mi título; es verdad que mi familia es rica, pero a los ojos de mi marido soy una plebeya que se casó por su título. Su arrogancia a veces me enferma.
- ¿Y por qué sigue casada con él? – preguntó inquisitivo Antonio.
- En verdad, no sé; fue un arreglo entre familias. No comprendo por qué le estoy narrando toda mi vida a un completo extraño, un abogado devenido en sirviente, que se dice radical, pero que intuyo que su radicalismo se inclina más a Kropotkin… ¿o me equivoco?
- Tal vez no, señora, con su permiso, voy a continuar con mis labores – dijo Antonio.
- Continúe con sus langostinos y vísceras de vacas argentinas. ¡Ah, lo olvidaba! Escriba la dirección de la panadería de su padre, por favor.
- Desconocía que los nobles solicitaran “por favor”.
- Veo que es tan irritante como mi marido, prejuicioso, soberbio y despectivo, la diferencia quizás radica en que usted se encuentra mirando hacia arriba y él hacia abajo – dijo ya más punzante Emily.
- “Los grandes sólo son grandes, porque nosotros estamos de rodillas” – contestó Antonio.
- Pierre – Joseph Proudon – dijo de manera escueta Emily.
- Ah, caramba, ¿los privilegiados también leen literatura para los desclasados? ¿O es una privilegiada arrepentida y con culpa?
- Algunos privilegiados no viven fuera del planeta tierra ni deambulan por tierras selenitas, algunos privilegiados desean conocer el mundo que los rodea, más allá de sus narices. ¿O acaso el hijo de Luis Sáenz Peña no piensa eso? Tengo entendido que piensa lanzar una reforma para que todo el mundo pueda participar en el sufragio (*).
- Hay personas que viven hacinadas en los conventillos de San Telmo y usted, noble señora, me viene con el sufragio universal, lo cual es un primer paso ineludible, claro está, pero que es apenas la punta del iceberg. Haga memoria y hasta podrá leer lo escrito por el representante de la iglesia, aliada indiscutida de las oligarquías y monopolios, cuando no está asociada con ellos, sobre la cuestión proletaria
- La “Rerum Novarum” de hace seis años…
- Sí. Le propondré algo noble señora: si usted lo desea puede presenciar una sesión del sindicato.
- Delo por hecho Antonio, me ha dejado impresionada un abogado que sirve langostinos de noche y que ejerce el oficio de leyes durante el día...


(*) Se refiere a la futura Ley Sánz Peña, de Roque Sánza Peña, sancionada en 1912 y que permitió a la Unión Cívica Radical, llevar al Sr. Hipólito Yrigoyen a la presidencia en 1916.

"Emily". Jorge Vai 2016. Todos los derechos reservados.-





lunes, 27 de noviembre de 2023

Lobos


 Cuándo se es verdugo,

siendo víctima…

Cuándo se es víctima,

siendo quien quita la vida.

 

La vida te la quitan

todos los días

quitándola a mordiscos.

 

Alguien en su miseria

te hace miserable.

te hace menos humano

te hace más loba.

 

Sólo si encuentras a tu

lobo que no es feroz

que te ama,

que te lame las heridas.

 

Sólo en ese momento,

un momento de magia,

un momento de pausa,

de oasis efímero,

te ves humana,

tan humana.

 

En ese momento,

te miras al espejo, cual

espejo roto, rota

y deshilachada,

pero el lobo,

que no es feroz

te dio un presente…

 

Te susurró al oído…

“Eres humana,

mi bella loba,

tan humana”…

 

Noelia García a Octavio…


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